| El contacto con los espacios abiertos, libres de aglomeraciones y apartados de los asentamientos donde el ser humano se ve obligado a desarrollar su vida cotidiana, siempre orientada a satisfacer su “bienestar material”, ha sido una constante histórica y una necesidad vital del hombre moderno.
Una necesidad que se aprecia desde la “quinta romana”, donde el guerrero o el mercader buscaban la enriquecedora soledad del pensador que les apartara de sus tensas actividades y les proporcionara un paréntesis para su desarrollo espiritual, pasando por los retiros de filósofos y poetas que, “huyendo del mundanal ruido”, anhelaban refugios donde reordenar sus creativas y atormentadas mentes, hasta la huida masiva de las grandes urbes escapando de la escalofriante polución, del estrés invisible y del bozal de la especialización productiva.
No es nueva, por tanto, esa indomable tendencia a contactar con la naturaleza y a consumir nuestros escasos momentos de ocio en la nadería que supone un paseo por el bosque, sin rumbo, sin interés lucrativo. Pero además los espacios abiertos nos permiten practicar ancestrales tareas olvidadas: Recolección (observación de setas, bayas, frutos, árboles, ...), Caza (observar y fotografiar aves, insectos, mamíferos, reptiles, peces, ...), Orientación (excursiones, senderismo, ...), Actividad Física (paseos, escalada, ...), Sensaciones extremas (frío, calor, sed, hambre, ...), transportándonos todo ello a un mundo, no tan lejano, donde cada individuo era una entidad autónoma y valiosa, una máquina perfecta preparada para la supervivencia y la experimentación.
Cuando el hombre descubre las ventajas de la agricultura sobre la recolección y del pastoreo sobre la caza, se ve obligado a asentarse y construye viviendas sólidas basadas en tres necesidades:
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