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    Reportajes


     

    CIUDAD Y CAMPO
    De mis impresiones de Madrid. (cont.)

    La literatura urbana es discreta, se sonríe, pero no suelta carcajada; su campo es la ironía. Yo no la puedo resistir, porque aborrezco lo fino y me cargan las relucientes pecheras del traje de frac.

    Y no se crea que al decir esto aludo a Madrid, que maldito lo que tiene de fino, empecherado y enguantado de blanco, siendo más bien un gran villorrio en que se acortesana algo de la castiza llaneza del castellano viejo de Larra, la morada del pueblo de la Pradera, del Canal, de las Ventas y de las bellotas de El Pardo. No hay que calumniarlo suponiéndolo exquisito, refinado, bizantino, sensual, complicado, perverso y otros piropos por el estilo, que los sudamericanos suelen dirigir al París de sus ensueños y sus ansias, ya que no al París popular y verdadero, que debe de ser otro villorrio también.

    Ferrero aseguraba hace algún tiempo—y digo que lo aseguraba por que es Ferrero de los que viven y, por consiguiente, se rectifican—, Ferrero aseguraba que lo mejor para el mejor desarrollo de una individualidad y de la cultura de un pueblo son las pequeñas ciudades, las villas de 20 a 40.000 habitantes, como las de las universidades alemanas, y tanto mejor cuanto de más profunda naturaleza estén rodeadas. Las individualidades potentes suelen ahogarse en los lugarejos y en las grandes ciudades: en aquéllos, por sobra de vida nutritiva y falta de vida de relación, y en éstas, por la inversa. Y no es que yo crea que en una gran ciudad no pueda comerse bien y respirarse aire puro (me parece que se exagera en esto de la impureza del aire de los grandes centros), sino que creo que el sistema nervioso, cansado de la descarga de excitaciones, no rige bien, en cuanto le compete regirlas, las funciones nutritivas y respiratorias.

    He nacido y me he criado en una villa de no mucho vecindario, y, cuando yo era mozo, de mucha menos población que hoy, en Bilbao, y puedo asegurar que en la incubación de mi espíritu, tanto o más que cuanto allí pude leer o aprender del trato y conversación con mis amigos, entraron mis frecuentes paseos por aquellos contornos, mis subidas a Archanda o al Pagazarri o aquellos internamientos en la espesura de Buya, entre las robustas y sosegadas hayas. En Madrid hay espléndidas puestas de sol, magnificadoras del que las contemple, y casi nadie mira al cielo, ni siquiera al de la calle.

    «Es agradable y saludable ver la aurora; pero ¿qué se va a hacer después de haberla visto entre los tejados, después de haber oído a dos jilgueros colgados de una buharda saludar al sol naciente? Un cielo hermoso, una dulce temperatura, una noche alumbrada por la luna, en nada cambia tu manera de ser, y acabas por decirte: ¿para qué sirve?» (Obermann, carta LXXXVIII). Por mi parte, cuando en estas mañanas de primavera salgo al balcón, me gusta mirar las uvas de gato que penden del canalón del tejado de la casa frontera, esa pobre planta, de hojas carnosas y humildes flores, que me recuerda, aun así y todo, el campo.

    El ideal sería, sin duda, que el espíritu de la ciudad y el campo se compenetraran, que aprendiéramos a ver en la sociedad Naturaleza y en la Naturaleza sociedad; pero el ideal está siempre muy lejano. Entre tanto, el campesino o lugareño resulta en la corte un isidro, y el cortesano resulta en el lugar un misinguín, como por aquí dicen los charros, o un señoritín, si he de decirlo más claro.

    Claro está, y el lector no habrá dejado de barruntarlo, que con todo esto que de Madrid como único tipo de gran ciudad de que tengo experiencia personal directa; claro está que con todo esto que de Madrid digo, no dejo de guardar afecto a ese gran patio de vecindad en que las comadres y los compadres hablan del perro Paco, del Bombita, del Garibaldi, o del crimen de la calle de Fuencarral, de ese buen cotarro abierto a todo el que llega y nada merecedor de las torpes e injustificadas censuras que le dirigen los petulantes y los despechados. De todo podrá tacharse a la intelectualidad madrileña—llamando así al conjunto de hombres de ciencia, literatos y artistas que en Madrid residen—, de todo podrá tachársele menos de petulancia, de desdén hacia los demás y de falta de atención y de llaneza. No son de los que se creen cara a Europa para abrir los libros publicados en Paris cuando todavía huelen a tinta v repetir mejor o peor, la lección aprendida en una revista extranjera o en un tomo de la biblioteca Alcan. Los celos y rivalidades entre las grandes ciudades me parecen soberanamente ridículos, porque nadie me quita de la cabeza que todas son iguales, y que un rincón de aldea de mi país vasco, otro de Cataluña, otro de Galicia, otro castellano y otro andaluz se diferencian más entre sí que sendas calles de Madrid, de Barcelona, de París, de Berlín o de Londres pueden entre sí diferenciarse. Concretando el caso, me atrevo a suponer—y atrevimiento es­ que entre un manchego y un catalán hay mucha más diferencia que entre un madrileño y un barcelonés; en cuanto el manchego y el catalán entran en sus respectivas capitales, Madrid y Barcelona, asimílanse entre sí dentro del tipo común del homo urbanus. Las obras literarias producidas en grandes centros, en poblaciones de medio millón de almas en adelante, no pueden ser regionales, y sólo logran una mixtificación cuando sus autores intentan hacerlas tales. Creo, con otros muchos que también lo creen, que entre la ciudad y el campo hay más distancia espiritual que entre dos más distantes climas, y que antes debe indagarse de un escritor, verbigracia, si se crió y formó en una gran población o en un lugarejo, que no si se crió y formó en el Ecuador o en la zona templada, y creo también que hay mucha más diferencia de un gaucho a un mujik, o de un tío de la Mancha a un farmer del Middlesex, que de un bonaerense a un peterburguense o de un madrileño a un londinense. Acaso me equivoque en esto; pero me consuela lo de que «de hombres es errar», pues aspiro a ser y continuar siendo hombre. Si deificándome acertara en todo y me viese así privado del deleite de corregirme, rectificarme e ir descubriendo poco a poco mi verdad, creo que, como Calipso, je me trouverai malheureux dêtre immortel. Voto en esto con Lessing.

    Sólo me queda rogar a aquellos de mis lectores que vivan en el tráfago de una gran ciudad que no reflexionen sobre lo que llevo aquí escrito, si es que me hacen el obsequio, de reflexionar en ello, sino cuando, habiendo salido por una temporadita al campo, empiecen a sentir en éste el dulce aburrimiento con que invade al fin y al cabo a los ciudadanos. Y para esto, gozar de este aburrimiento precursor de nuevos y extraños estados de conciencia, no salgan al campo con escopeta y perros, pues en cosa probada que el que necesita de la caza para ir de campo es porque el campo mismo no le gusta, diga él lo que quiera. El que de veras ama la Naturaleza no ve las perdices en ella.

    Julio de 1902.

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