| | CIUDAD Y CAMPO
De mis impresiones de Madrid. (cont.)
Mil veces se ha descrito esa continua circulación de hombres desde los campos a las ciudades, y mil veces se ha propuesto la cuestión de lo que serían al cabo de algunas generaciones los habitantes de una gran ciudad si se reprodujeran entre sí, sin recibir sangre campesina. Mil veces se ha hecho la observación—Taine la acentuó—de que los más sustanciosos genios humanos han sido, o aldeanos ellos mismos, o hijos de aldeanos, y mil veces se han preguntado las gentes si las ciudades descaracterizan. Ahora me acude a la memoria el terrible ejemplo del pobre Roberto Burns, devorado por la vida ciudadana, y junto a su recuerdo, el de la serena tranquilidad de los lakistas, y sobre todo de aquel dulcísimo y nobilísimo Wordsworth, que, lejos del tráfago ciudadano vivió en santa comunión con la Naturaleza, gozando de «elegantes goces, que son puros como lo es la Naturaleza, demasiado puros para ser refinados».
And elegant enjoyments, that are pure As nature is—; too pure to be refined.
(To the spade of a friend.)
La literatura ciudadana me parece algo en el fondo incoloro, que no es en rigor de ningún país ni de ningún tiempo, algo obtenido per via remotionis, por alquimia literaria, literatura cerebral, en fin.
Habrá visto el lector que atribuyo cierto mal sentido a lo de cerebral y cerebralismo, y voy a explicarme a tal respecto, y mi explicación empieza declarando que veo grandísimos peligros en la supremacía que quiere por muchos concederse al principío de la diferenciación (mejor que división) del trabajo y a esos himnos que en loor de la especialización de funciones se entonan de ordinario. Así como no se justifica la diferenciación sino en vista de una integración suprema y a ésta enderezada, tampoco cabe que semejante diferenciación sea sana y fructuosa si no arranca de cierta comunidad o indiferenciación y la contiene y retiene en su seno. Un especialista sin base de cultura general es más bien perjudicial que útil. Y esto que pasa en la sociedad, pasa en nuestro organismo y en nuestro espíritu, que son también sociedades.
Lo hacemos, en rigor, todo con todo el cuerpo y toda el alma, y puede afirmarse que entra todo nuestro organismo en cada una de sus funciones, de un modo o de otro. El sistema general nervioso interviene en la digestión y en la respiración, y mucho más aún en la locomoción. La neurastenia, que tanto influye en la vida del espíritu, parece ser que es un trastorno nutritivo del sistema nervioso. Con todo lo cual quiero decir que pensamos, sentimos y queremos con nuestro total compuesto humano (sirviéndome de la terminología escolástica), aunque pensemos por ministerio del cerebro, así como respiramos con todo el organismo, aunque por ministerio de los pulmones. Y por lo que hace a la vida de las emociones, sabido es el juego que en ellas representan las vísceras y el sistema vaso-motor, hasta tal punto que algunos psicólogos, como Guillermo James y Carlos Lange, han llegado a sostener que la emoción no es otra cosa que el sentimiento que tenemos de las alteraciones fisiológicas de nuestras entrañas, y del sistema vaso-motor sobre todo. Es decir, que como dice James, «nos sentimos incomodados porque gritamos, irritados porque pegamos, con miedo porque temblamos y no que gritemos, peguemos o temblemos por estar incomodados, irritados o con miedo, respectivamente». Y en este orden de consideraciones, y teniendo en cuenta que uno de los órganos más sensibles a las alteraciones emocionales es la vejiga, hasta el punto de que, como dice Goodell, «una vejiga nerviosa es uno de los principales síntomas de un cerebro nervioso» (a nervous bladder is one of the earliest symptoms of a nervous brain), puede llegarse a aquella tan gráfica como graciosa expresión de Born, que llama a la vejiga «el espejo del alma». El que no se mea de miedo, poco miedo tiene. Claro está que la doctrina de James, Lange y co-opinantes es, por lo menos en opinión de los más sesudos psicólogos, paradójica; pero tiene la grandísima ventaja de todas las paradojas, y es que pone de relieve una verdad de ordinario inadvertida. Y no se crea que esto lo traigo aquí para justificarme el dictado de escritor paradójico, dictado que se me ha aplicado y acepto, pues de querer justificarme de él sacaría el Cristo, quiero decir que me contentaría con presentar el ejemplo de Jesús de Nazaret, que se sirvió de la parábola y de la paradoja. Paradójicas son las bienaventuranzas, paradójico lo de la dificultad de entrar el rico en el reino de los cielos, paradójico lo del «no juzguéis», paradójico... tanto y tanto más. (Sobre el paradojismo evangélico, véase Oscar Holtzmann, Leben Jesu, pág. 187.) Y ahora vuelvo a mi paradoja del cerebralismo.
Llamo cerebralismo a aquel estado que proviene de una excesiva especialización de funciones del cerebro, de modo que entre lo menos posible en nuestro pensar el resto del organismo. El cerebral apenas discurre más que con la cabeza, y, lo que es peor, apenas siente tampoco más que con ella, si es que eso es sentir. En el orden del espíritu produce intelectualismo, enfermedad o degeneración—porque lo es-predominantemente urbana. De aquí cierta impasibilidad de buen tono y el perfecto dominio que de sí mismo tiene el hombre de mundo; es decir, el hombre de ciudad, muy diferente del reposo y de la ecuanimidad del hidalgo campesino. El aplomo de Jorge Brummel no es el de García del Castañar.
Acabo de leer en el Adam Bede, de Jorge Eliot, que hablando de un «viejo hidalgo» (old Squire) dice que era siempre cortés; pero «los aldeanos habían notado, tras larga confusión, que esa cortesanía era uno de los signos de dureza» (that this polish was one of the sings of hardness). Siempre me ha parecido eso que llaman urbanidad el disfraz de la indiferencia egoísta, y siempre que veo gentes que se pasan de finas y corteses me acuerdo del incendio del Bazar de la Caridad, de París.
< anterior siguiente > |