| | CIUDAD Y CAMPO
De mis impresiones de Madrid. (cont.)
De aquí el que muchos juzguen próximo uno de aquellos riccorsi del buen Vico; el desequilibrio aumentará irá el hombre acumulando medios, inventos, obras, y no poniendo su propio espíritu al nivel de ese progreso, y vendrán unos nuevos y salvadores bárbaros, que es de esperar salgan de los anarquistas, a restablecer cierto equilibrio relativo. Entonces se quemarán todos los libros que para nada sirven, corrigiendo esa funesta manía de almacenarlos en bibliotecas, y se destruirá buen número de ferrocarriles.
Se destruirá acaso buena parte de la civilización; pero ha de ser, si así es, para salvar la cultura. Además, cierta selección se impone, pues si damos en convertir el mundo en un museo, y en conservar todas las reliquias del pasado, no va a quedar sitio para lo nuevo. Hay escritores, verbigracia, que en beneficio de su nombre deben pasar con una o dos composiciones a una antología. Y en general cabe decir que conviene antologizarlo todo.
Debo aquí declarar que tengo horror al telégrafo y que casi nunca acudo a él. Me parece un síntoma de grave enfermedad social, de urbanismo, eso de telegrafiar en un sitio disparatado, y con el menor número posible de palabras, lo que no hace maldita la falta que llegue en una o en veinticuatro horas. El telegrafismo ha tenido una funesta influencia en la Prensa, contribuyendo a crear—por paradójico que parezca—eso que llaman estilo brillante, y que es el más torpe disfraz de la monotonía de pensamiento. Y ahora, a Madrid me vuelvo.
Cuando alguien quiere decidirme a que pida mi traslado a Madrid—lo cual podrá Ilegar a serme dolorosa necesidad, sobre todo por causa de mis hijos, algún día—, me dice que hay allí más medios de estudio. Y es precisamente en la superabundancia de esos medios donde veo peligro para mis fines. Les tengo miedo a las revistas que se reciben en el Ateneo, temblando de acabar en lector de catálogos. Aquí, en Salamanca, atenido a los pocos libros modernos que me puedo procurar con mis escasos recursos pecuniarios, y a los no muchos que las bibliotecas y los amigos pueden ofrecerme, que leo, lo leo con calma y hasta apurarlo; pero allí, en Madrid, llego al Ateneo, empiezo a revisar revistas y dejo la una y tomo la otra; y nada saco de provecho. Mientras estoy leyendo un artículo, me está bailando en la retentiva el título de otro. Y así, empezando por leer libros, se pasa a leer revistas y luego revistas de revistas, y catálogos al cabo. Se enreda uno en el exceso de material. Hay aquí, en Salamanca, una hermosa Concepción, de Ribera, y tantas veces la he visto, y con tanta calma cada vez, que me la sé de memoria y le he sacado casi todo el fruto que pudiera, y en cambio recuerdo mi paso a la carga por una de las más ricas pinacotecas de Italia, de la que no conservo imagen precisa y clara.
« ¡Es que en Madrid se hace la vida que se quiere! », dicen, v eso no es verdad. De mí sé decir que en la corte no sé defenderme de mí mismo. Y hay, además, que defenderse de los enemigos del alma. Cada noche me retiro en Madrid a mi alojamiento, proponiéndome no volver a tal o cual círculo a oír estas o las otras simplezas o ingeniosidades—las de siempre, las que se sabe ya uno de memoria—, y, sin embargo, al día siguiente, salgo y me llevan allá las piernas, o, mejor dicho, me lleva allí la solicitación del ambiente... Y doy indefectiblemente en flanear por la carrera de San Jerónimo a la caída de la tarde, o en «dar vuelta a la manzana». Madrid pulula en vagabundos y atrae al estéril vagabundaje callejero. La mejor defensa es huir, huir al desierto a encontrarse uno consigo mismo en él. Madrid es el vasto campamento de un pueblo de instintos nómadas, del pueblo del picarismo. Y Salillas, que tan hondo se metió en Ia psicología del pueblo castellano en su libro Hampa, debiera estudiar el callejero ese de los Lazarillos y los Guzmanes de la actual villa y corte.
Y hay otra cosa que me repugna en ese conglomerado de hombres, en ese vasto avispero, y es el vaho de afroditismo que exhala, aunque no tan marcado y fuerte como el de París. Nada me es más repulsivo que el afroditismo de las grandes ciudades. Diríase que cada vez que pasa una pecadora por la calle y un más o menos sátiro le dirige una mirada concupiscente, queda en la atmósfera moral como un hilo invisible de la mirada, como el rastro de una babosa, y esos hilos se cruzan y entrecruzan de tal modo que llegan a formar una malla, un tejido en que se sofoca el alma aleteando en vano. El exceso de la vida nutritiva tiene, sin duda, una gran relación con el desarrollo de la vida de reproducción, por no ser ésta más que una consecuencia de aquélla; el amor es el hambre de la especie, se ha dicho; pero éste es el amor sano y natural, en que se va derecho a su objeto. Mas también el exceso de la vida de relación provoca los instintos sexuales, pero los provoca en el sentido de toda clase de perturbaciones y anormalidades; en la ciudad es donde tienen su asiento la voluptuosidad cerebral y el erotismo morboso que se reflejan en buena parte de esa insoportable literatura parisiense.
Podrá tener razón Ihering al acentuar aquello de que la civilización empezó en las ciudades, y ser muy duro el juicio de la leyenda judía, que nos dice que fue Caín, el agricultor fratricida, el que mató a Abel, el pastor: que fue el malo quien edificó la primera ciudad (Genesis, VI, 17), mientras que los buenos seguían plantando y levantando sus tiendas junto a los pastos de sus ganados podrá ser de ello lo que quiera; pero mientras el organismo humano no se haya adaptado a la vida de ciudad y no haya salido del homo rusticus, que es nuestra base, el homo urbanus, que hoy por hoy es pura cáscara, la ciudad causará estragos en los hombres.
< anterior siguiente > |