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    CIUDAD Y CAMPO
    De mis impresiones de Madrid. (cont.)

    Yo no sé si eso que llaman neurastenia será una enfermedad especialmente ciudadana; pero si no lo es, merecía serlo. Lo que sí creo que puede afirmarse es que las grandes ciudades produzcan lo que podemos llamar cerebralismo.

    Ha de haber, sin duda, cierto equilibrio entre la vida de nutrición y la de relación; el mundo que nos rodea entra en nosotros por los alimentos y por las excitaciones sensoriales, por el estómago y los pulmones, de una parte, y por los sentidos, de otra. Son los dos elementos del ambiente.

    De ese equilibrio constantemente roto y reproducido arranca el ritmo de la vida. Y en las, ciudades me parece que la serie de las excitaciones sensoriales, que las variadas excitantes que por los sentidos nos entran, menudea tanto y es tan compleja, que apenas nos deja lugar a reponernos de ella lo debido. Es lo que se dice cuando se afirma que en las ciudades se vive demasiado aprisa.

    Muchas veces me he parado a reflexionar en lo terrible que es para la vida del espíritu la profesión del periodista, obligado a componer su artículo diario, y ese nefasto culto a la actualidad que del periodismo ha surgido. El informador a diario no tiene tiempo de digerir los informes mismos que proporciona. Me imagino la labor mental de un hombre que vive en reconfortable reposo, «lejos de la enloquecedora muchedumbre»—far from the madding crow, que dijo Gray—, con calma y produciendo con calma también, en lento ritmo. Observo en mí mismo que paso temporadas de verdadero anabolismo espiritual, períodos de asimilación, en que leo, estudio, reflexiono y veo surgir en mi mente nuevos núcleos de ideas o empezar a reducirse a sistemas de ellas verdaderas nebulosas ideales, y otros períodos de catabolismo espiritual, en que me doy a escribir, a las veces desordenadamente, para expulsar ideas. El nulla dies sine linea, de Zola, me ha parecido siempre lema de un fabricante de novelas, a 3,50 el tomo. Y ahora, para amenizar esto un poco voy a permitirme representar esta periocidad cuando se cum­pla en condiciones de normal tranquilidad, sin el apremio de la producción a jornal ni el espectro repulsivo del ídolo Actualidad con esta curva:

    Las oscilaciones pueden ser más y de menor amplitud cada una, y tal ocurre cuando esos dos períodos mentales, el de asimilación y el de producción, se suceden con mayor rapidez. Y así tendremos otra curva cuyo desarrollo es igual al de la otra; es decir, que si tiramos de los dos extremos de ambos, las líneas resultarán iguales. Y si continuamos suponiendo que las oscilaciones sean cada vez más en número dentro de un mismo espacio de tiempo—y más pequeñas, por tanto, tenderá la línea a la recta; es decir, a que el anabolismo y el catabolismo mental coincidan, destruyéndose así.

    Tal sería un estado en que se asimilara y se produjera a la vez, en que el recibir y el dar un conocimiento fuera una misma cosa. A tal estado se acercan los desgraciados periodistas. Para un reporter, oír una noticia es darla; no reflexiona en ello. Se encuentra en la lamentable situación de un taquígrafo que, al levantarse la sesión de que tomó nota, no sabe lo que en ella se trató. Por mi parte, conozco ese estado de ánimo, y lo conozco por la tarea de traducir a tanto el pliego. Si he querido enterarme de los más de los libros que he traducido, he tenido que leerlos después. El corrector de pruebas conoce bien esto mismo.

    Ese triste estado en que el ritmo mental tiende a la recta, es decir, de hecho a la monotonía, es un estado, a mi parecer, predominantemente ciudadano. Aseguro que para mi gusto nada hay más monótono ni más fatigante que los chroniqueurs parisienses, y en general los escritores todos de la gran Ville Lumière, de ese insoportable París. Se lee una obra de una de esas reputaciones del boulevard o del barrio Latino, y se han leído todas las suyas, y, además, todas las de sus congéneres. Y nada digo del genero chico de los teatros de Madrid, porque, al fin y al cabo, su tremenda monotonía sirve a las mil maravillas para provocar el sueño de los infelices espectadores... No hay sino observar atentamente a la gente que de noche sale de los teatros madrileños para caer en la cuenta de que, aunque no lo crean ellos, van somnámbulos. El teatro en Madrid tiene, ante todo y sobre todo, una función hipnótica: prepara para el sueño a los espíritus sobreexcitados por aquella descarga de menudencias callejeras de que hablé antes.

    Sobre esto de la monotonía de las grandes ciudades, debe leerse lo que dice Sénancour en la carta LXXXVII de su Obermann, al comentar su afirmación de que en aquéllas las ocupaciones o las distracciones son siempre poco más o menos las mismas, adoptándose de grado una manera de ser unifor­me, mientras que en una quebrada de los Alpes los divas de dieciocho horas se parecen poco a los de nueve. Pero es una uniformidad poco nutrida; no es la monotonía de vida exterior, que permite y aun favorece la mayor riqueza de vida interior. Como dice el mismo Obermann en su carta X, fechada en Paris, «no hay aquí medio entre la inquietud y la inacción; hay que aburrirse si no se tienen negocios o pasiones».

    De aquí el que la superficialidad sea un padecimiento urbano. El principal centro productor de ramplonerías en España son los cafés de Madrid. Y encima, para agravar la cosa, viene el ingenio, ese condenado ingenio que es la mueca de la genialidad. «Hacer frases», ésta es la deplorable habilidad de la flor de ese cansadero, «hacer frases», excitaciones rápidas, breves y fugitivas para el espíritu. Glissez, nappuyez pas: éste es el estúpido lema que ha brotado de esas conglomeraciones del homo urbanus. Ha inventado, además, la moda, es decir, la monotonía en el cambio.

    Antes de ahora he dicho que mucho más pesada que un oso es una ardilla dando vueltas en una jaula. Es terrible eso del hombre que «consume, sin gozarla, una duración inquieta e irritable, semejante a esos insectos siempre movibles, que pierden sus esfuerzos en vanas oscilaciones, mientras otros tan débiles, pero más tranquilos, los dejan tras de sí en su marcha directa y siempre sostenida» (Obermann, carta VII).

    Y ahora me acuerdo de aquella triste novela de Wells When the Sleeper Wakes (Cuando el durmiente se despierte), y de esa visión aterradora de las grandes ciudades del porvenir; y me acuerdo del noble Ruskin, y de los ensueños de Loria respecto a nuestra futura civilización, y del apocalipsis del Enrique George. Acaso la civilización va demasiado de prisa y no podemos seguirla; nuestra obra nos supera. Nuestros artefactos, inventos y producciones de todas clases exceden en complejidad y extensión a lo que nuestro espíritu haya podido complejizarse y extenderse. Las máquinas van más deprisa que nuestro organismo, y hoy las hay que exigen para manejarlas un esfuerzo de atención, para el que no está tal vez preparado el actual sistema nervioso humano. Es lo que pasa con los automóviles, que andan haciendo estragos por esas carreteras porque nuestros arrieros tienen la costumbre de echar la siesta sobre sus carros y las mulas no están habituadas a ese ruidoso artefacto y se espantan. Se nos está indigestando en gran parte la civilización.


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