| | CIUDAD Y CAMPO
De mis impresiones de Madrid.
MIGUEL DE UNAMUNO
Cada una de mis estancias —nunca largas— en Madrid restaura y como que alimenta mis reservas de tristeza y melancolía. Me evoca la impresión que me causó mi primera entrada en la corte, el año 80, teniendo yo dieciséis; una impresión deprimente y tristísima, bien lo recuerdo. Al subir, en las primeras horas de la mañana, por la cuesta de San Vicente, parecíame trascender todo a despojos y barreduras; fue la impresión penosa que produce un salón en que ha habido baile público, cuando por la mañana siguiente se abren las ventanas para que se oree y se empieza a barrerlo. A primeras horas de la mañana apenas se topa en Madrid más que con rostros macilentos, espejos de miseria, ojos de cansancio y esclavos de espórtula. Parece aquello un enorme búho que se prepara a dormir; aquellas auroras parecen crepúsculos vespertinos. Fui a parar a la casa de Astrarena, donde viví el primer curso, allá, en sus alturas, y recuerdo el desánimo que me invadió al asomarme a uno de los menguados balconcillos, contiguos al tejado, que dan a la calle de Hortaleza, y contemplar desde allí arriba el hormigueo de los transeúntes por la Red de San Luis, calle de la Montera y de Hortaleza. Estas emociones reviven en mí cada vez que entro en Madrid.
Líbreme Dios de caer en las vulgares e injustas declamaciones regionalistas en contra de la corte, pues sé bien que es, ésta la primera y más sufrida víctima del centralismo. Tomo aquí a Madrid como tipo de grandes ciudades, por ser la mía en que he vivido algún tiempo—no mucho, pues sumando las distintas temporadas no llegará a cuarenta y ocho meses- y que conozco algo. No me propongo presentar al lector datos objetivos respecto a la vida de las pequeñas villas y en el campo: he de limitarme a consignar mis personales y propias impresiones de vida y de la ciudad, noticias de peculiar experiencia, comentándolas con el auxilio de consideraciones de orden muy general y acaso sobrado especulativo.
Serán estas líneas, más que contribución estrictamente científica, al punto sociológico de la influencia de los condensados centros de población sobre el espíritu de los pueblos y su proceso de cultura, observaciones en que presento al fruto de mi experiencia en uno de esos centros, interpretada por la filosofía que he ido adquiriendo de mis lecturas y mis reflexiones, sobre ellas y sobre mi propia vida.
Por lo que hace a la cuestión concreta de Ia influencia de un centro de población como Madrid sobre el pueblo de que su vecindario se extrae ordinariamente, sólo pueden esperarse aclaraciones de un estudio estrictamente científico y objetivo emprendido en laboratorios de psicología experimental. Solo se estará en camino de hacer luz en el problema cuando se compare el modo de reaccionar a las excitaciones del ambiente los sentidos de un organismo humano formado en la gran ciudad y los de otro organismo formado en el campo. Mucho más que las vaguedades de la espontánea experiencia personal—como son, después de todo, lo que aquí he de exponer—valdrían para acercarnos a una solución los resultados de una experimentación sistemática que nos dijese, verbigracia, si el madrileño distingue más o menos matices de color que un lugareño, o si tiene mejor o peor olfato, o en cuánto discrepa su tiempo de reacción del de éste, o si es capaz de más o menos prolongada atención, etc., etc.
Con estas prevenciones me curo en salud respecto a lo que pudiera objetárseme acerca del valor de cuanto voy a decir, pues mi propósito es dar sugestiones más que instrucciones y volver a llamar la atención, sobre todo hacia ciertos problemas. Y entro en materia.
Suelo experimentar en Madrid un cansancio especial, al que llamaré cansancio de la corte. Cuando en esta tranquila ciudad de Salamanca salgo de paseo, carretera de Zamora adelante, se me cansan las piernas, seguramente, pero descansa y se refresca mi sistema nervioso. El camino está franco y despejado, no encuentro en él detención alguna, nada me distrae, mi paso es igual, sin que haya de menester variarlo, y mi vista reposa en la contemplación, ya de la lejana y ahora nevada sierra, que parece un esmalte del cielo, y en la vasta llanura de la Armuña en que se tienden algunos pueblecillos, ya, a mi regreso, en la vista de la ciudad, dominada por las altas torres de su Catedral y su Clerecía. Luego a casa, me siento a trabajar, y a la vez que mis piernas descansan, actívase mi cerebro refrescado por el paseo. Pero si en Madrid bajo por la calle de Alcalá y paseo de Recoletos «sobre las viejas losas que se han sacado de las canteras para preparar a los pies del hombre una superficie seca y estéril» (Obermann, carta IX) o recorro calles, he de variar constantemente de marcha; una pareja que está en la acera charlando y me obliga a ladearla, el transeúnte de delante va más despacio que yo, un coche que se me cruza cuando voy a atravesar una calle; éste, que me saluda; aquél, que me llama la atención, el otro que parece mirarme como a persona conocida, a cada momento rostros nuevos, conocidos y desconocidos; todo ello exige una serie de pequeñas adaptaciones, que convierte mi marcha en un acto mucho menos automático. Cada una de estas ligeras y casi insignificantes variaciones parece no tener importancia, pero la serie de ellas es como una descarga continua que acaba por llevarme a cierto estado de fatiga, sobreexcitación, casi de irritabilidad. Y llego luego a casa, y en vez del silencio y la quietud grandes que como en cariñoso regazo recogen nuestro sueño en el campo o en las tranquilas villas de reposado vivir, es ya un coche, ya rumor de gente que sale de un teatro, ya cualquier otro ruido que nos perturba el sueño. Me parece difícil que sea verdaderamente reparador el sueño en una casa que a cada momento vibra al pasar un coche por la calle.
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